Autor Tema: Un ejemplo de superacion  (Leído 1082 veces)

pato

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Un ejemplo de superacion
« en: Junio 26, 2015, 08:47:24 am »
Esta no es una entrada mas, os pongo un relato de otro blog que me ha emocionado realmente:

La historia de Rafa para ilustrar la dignidad

Ha habido gente que en la anterior entrada sobre la dignidad humana me ha hecho comentarios por email pero no los ha querido colgar en el blog. Y bastantes me reprochan que frente a un tema tan delicado como importante no me "moje" un poco más. Pues bien, voy a contaros un cuento.

Hace años trabajé con un enfermero peculiar. Rafa era peculiar en la forma de caminar, en su trato, en su aspecto, en su forma de hablar. Había nacido en Alemania y eso, unido a la macroglosia que suele estar presente en personas con síndrome de Down, daban a su habla un carácter extraño, entre gangoso y germánico. Porque entre los muchos méritos de Rafa destacaba la tenacidad con la que había vivido hasta conseguir el sueño de su vida, ser enfermero, a pesar de haber nacido con trisomía del par 21, el síndrome de Down. Y por encima de su tenacidad, destacaba aún más la facilidad con que desarrollaba empatía con todo el mundo. Saludaba a cada persona que veía como si fuese un viejo conocido aunque fuese la primera (y quizá la última) vez que le veía. Cuando le comentaba lo chocante que resultaba esa afabilidad a primera vista o lo ridículo que podía resultar me decía: "Mira Luis, es una de las ventajas de tener este síndrome, te permite ser alegre y efusivo por encima de las normas sociales y la gente lo tolera y hasta le hace gracia porque cree que eres un pobre retrasado".

Rafa adoptó ese nombre al venir a España porque en Alemania se llamaba Otto. Había convalidado su título en España y me contaba que la homologación se la había llevado una agencia pues estaba convencido que si él hubiese tenido que ir a presentar sus papeles le hubiesen puesto mil pegas. Pero en los papeles sin más no se reflejaba su condición genética y en cambio lucía unos sonoros nombres alemanes que evocaban mayor robustez que un wolkswagen. Como ésta, me mostró docenas de situaciones en las que tenía que ingeniárselas para que sus rasgos no fuesen un impedimento para su desarrollo profesional. En la práctica clínica diaria era donde más situaciones se daban para poner a prueba su capacidad de adaptación. Era muy frecuente cuando tenía que coger una vía a un paciente. La cara del paciente al ver venir al enfermero era todo un poema cuando comprendía que iba a ser Rafa el que le cogería la vía. Con delicadeza a la vez que con firmeza, Rafa cogía el brazo del paciente buscando el sitio para pinchar mientras el paciente ojiplático me miraba como diciendo: "Esto es una broma, ¿no? ¿No me irá a pinchar "este"?" Y yo contemplaba la escena conteniendo la risa sobre todo por la ignorancia del paciente que no sabía que quien le iba a pinchar era un primer espada a quien no vi que se le escapase nunca una vena en su primera estocada. Si el paciente, o la paciente, forcejeaba un poco como asustado por lo que se le antojaba un dislate, yo le tranquilizaba pero era Rafa quien rápidamente le decía: "Oye, chaval (o chavala, según género, pero sin importarle la edad del paciente), mírame a los ojos y dime: ¿tú crees que si no supiese hacer esto bien me habrían contratado aquí sólo por-mi-ca-ra-bo-ni-ta?" Y remarcaba lo de "cara bonita" para que reparase en sus rasgos mientras en estas dos palabras ya había insertado certeramente la aguja en la vena seleccionada sin que el paciente tuviese ocasión de decir medio ay. No recuerdo ni un solo paciente que dejase de celebrar lo bien que le había pinchado el enfermero, que apenas lo había notado, incluso en pacientes de venas difíciles. Además, se comunicaba muy bien sin hablar. Porque Rafa, aparte de un perfecto alemán y español, también hablaba inglés. Pero cuando llegaba un paciente que no hablaba ninguno de estos tres idiomas, Rafa era el que mejor se comunicaba con ellos, sólo con la mirada. Y ciertamente parecía que había telepatía, un discurso mental que Rafa decía que era un idioma universal porque hablaba con su mirada, con sus gestos enérgicamente cariñosos, de corazón a corazón, sin el estorbo de las palabras, fuente de malentendidos.

A menudo todos hablamos mucho de integración social de discapacitados, de no crear barreras, de no hacer acepción de personas, pero solo es de cara a la galería. A la hora de ofrecer un puesto de trabajo la imagen cuenta y mucho, a veces más que las capacidades. Rafa se había ganado su puesto a pulso, era muy competente, en lo profesional pero aún más en simpatía humana y en capacidad de sacrificio y abnegación. Lo que para muchos sería un inconveniente, para él era una fuente de provecho. "No te imaginas, Luis, las ventajas que tiene que crean que eres tonto", me decía con ironía. "Tú lo tienes más difícil -añadía- porque siendo calvo, nunca serás presidente de gobierno en España"

Cuando me fui de la sanidad pública apenas puede despedirme de Rafa. Le felicité por su santo el 2 de julio e intercambiamos unos emails más. Era muy atento con las fechas, celebraciones, santos y cumpleaños. Cuando monté mi empresa quise rápidamente contar Rafa como sanitario. Le escribí un email a la dirección de correo electrónico que tenía pero no me contestó. Me extrañó mucho y reconozco que me defraudó un poco su desatención.

Cuatro años después de mi último email recibí en la bandeja de spam -apunto estuve de tirarlo sin abrir- uno que venía de Alemania y que ponía en el asunto "Otto". Lo abrí y venía un texto en inglés de Helmut, un tío de Otto, un hermano de su madre, que era el que le había criado. Otto me contó que su madre había muerto cuando él tenía tres años, y a su padre tampoco le conoció porque había abandonado a su madre estando embarazada porque no quería abortar. Según me contaba Helmut, Otto había muerto hacía más de tres años por una endocarditis en Dresde. Estaba ordenando sus cosas y cuando le llegó el turno al correo vio que tenía muchos emails que le habían entrado ya fallecido y se tomó la molestia de informar a todos en inglés y en alemán.

La historia de Rafa daría para ilustrar muchas cosas referente a la dignidad del ser humano. Podríamos hacer conjeturas sobre si Rafa estaría capacitado para pilotar un avión de pasajeros o si podría intervenir quirúrgicamente a un paciente. Quizá nadie objetase que fuese el chico de hacer las fotocopias o de ponerte incluso un café, pero a lo mejor no le ves desempeñando una cartera ministerial o la presidencia de un gobierno, como me negaba a mí por ser calvo.

Pocas veces en mi vida profesional me he sentido tan bien respaldado y asistido como los meses que trabajé con Rafa. Por eso quise ficharle. No pretendía colgar en mi empresa un empleado con minusvalía como "ejemplo de integración social". Rafa era una persona que, encerrada en su carcasa de ojos rasgados y cuello grueso, integraba las emociones humanas en una dimensión fuera de lo normal. Su aspecto o incluso sus movimientos poco elegantes, eran un contrapunto desconcertante a la increíble perspicacia de sus comentarios. Sin duda, el mejor compañero que puede tener uno para el trabajo. Como decía Rafa cuando cogía las vías o ponía medicación con su sorna habitual "¿Verdad que si me pongo un saco en la cabeza y me callo todos creen que soy un tipo normal?" Ni por esas hubiese pasado por un tipo normal, porque era excepcional.

A lo largo de la vida surgen personas que como Rafa estimulan a la reflexión de lo que vale una persona. Un ejemplo de superación, dicen algunos, pero yo creo que Rafa no necesitaba superarse porque vivía su aparente desventaja como un gran baluarte desde el que contemplaba la estulticia de quienes se afanan por ser alguien. Estaba por encima de muchos, sintiéndose superior, divirtiéndose mirando cómo los trenes corren por las vías de la vida, chocan, avanzan, retroceden, descarrilan o repostan. Y de vez en cuando Rafa se agachaba a colocar alguno descarrilado para que siguiese jugando con los demás y con eso disfrutaba.

Fuente:

http://elmedicotraslaverdad.blogspot.com.es/2015/05/ha-habido-gente-que-en-la-anterior.html


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